El protagonista de esta historia se llama Vicente. Es un muchacho madrileño que, como otros tantos, soñaba de pequeño con ser futbolista, y de hecho tuvo la suerte de ingresar en las categorías inferiores de uno de los grandes equipos de la capital de España. Iba escalando en ellas, pero lamentablemente, como tantas veces sucede en el mundo del fútbol, un día le comunicaron -imagino que de forma sutil, como siempre suelen decirse estas cosas- que no contaban con él y que le deseaban suerte en su futuro profesional.
Con la carta de libertad bajo el brazo, marchó al Mosconia asturiano, donde jugó los que hasta ahora son sus únicos 21 partidos oficiales, marcando ocho goles. De Asturias pasó a Aragón, para jugar en las filas del Sariñena, en la provincia de Huesca. Bueno, lo de jugar es por decir algo, porque Vicente ni debutó con ese club.
Otra carta de libertad para él, y su destino en esta ocasión sería el Laredo, pero en un año tampoco le dieron la oportunidad de disputar un solo encuentro. Libre de nuevo, el Alayor menorquín ha apostado por él, aunque a estas alturas, su futuro es toda una incógnita, porque da la impresión de que el bueno de Vicente va a convertirse en un trotamundos de las divisiones inferiores del balompié español.
Hasta aquí la historia de nuestro amigo, que no difiere en exceso de la de tantos futbolistas que han de buscar mejor fortuna en otros lares. Sin embargo, lo que distingue a Vicente de otros es la curiosa coincidencia de llamarse igual que el estadio donde un día soñó debutar.
Sí, amigos, Vicente se apellida Calderón.

